Saturday, July 26, 2014

Instituciones y democracia: notas para un debate

Desde hace ya un buen tiempo en nuestro país se habla de crisis en el sistema de partidos políticos. Se dice que el sistema existente es fragmentado y débil; que los pocos partidos que existen son dirigidos por «caudillos» sin programas o idearios que movilicen a los electores.  La institucionalidad del país, dicen otros, es débil; pero al igual que los primeros, no nos dicen cómo lograr organizaciones fuertes o cuáles serían los elementos fundamentales de un necesario cambio institucional.
En lo que sigue intentaremos brindarle al lector un conjunto de reflexiones --todas discutibles, por cierto--, con el único propósito de iniciar un debate que nos permita construir consensos sobre las soluciones a los problemas que enfrentan las instituciones y la democracia en nuestro país.
Hay una crisis de la democracia constitucional
La corrupción generalizada en todos los ámbitos de la institucionalidad del Estado, está degradando cada vez más el sistema de representación política y el propósito de la división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial). Bajo la democracia constitucional opera una «clase política» (para usar una frase que gusta a muchos) que actúa violentando la idea democrática y provocando el hundimiento de la llamada «representación política».
Los elegidos por el pueblo tienen una «amplia independencia y discrecionalidad», que les permite practicar la impostura. Son «agentes» con un amplio ámbito de decisión propia y que no respetan al «principal» (sus electores). Sin mecanismos eficaces de control, estos «representantes o agentes» operan en un marco institucional donde prevalece la impunidad. De otro lado, la democracia constitucional ha conspirado ella misma, por así decirlo, contra la «virtud cívica», contra la participación ciudadana, contra el interés de los ciudadanos por su comunidad. En suma, «El Estado como forma de institucionalización de la política democrática –dice E. García-- sufre hoy enormes embates que amenazan su estabilidad interna y externa».
Hay una crisis de paradigmas ideológicos
Desde la caída del muro de Berlín, las ideologías que le dieron identidad y programa a los partidos políticos de importante protagonismo en el siglo XX, desaparecieron o, por decir lo menos, perdieron vigencia. Entonces, los partidos vacíos de contenido se convirtieron  en grupos de interés, más privado que público, dirigidos por «políticos profesionales» que  empezaron a operar con una lógica ajena a la democracia y al bien público.  A esto se sumó la lógica neoliberal en el ejercicio de la función pública y de las libertades individuales, que terminó convirtiendo a los partidos –no a todos, por cierto--, en instrumentos de tráfico mercantil.  
Con la crisis de paradigmas, sin embargo, no terminó la práctica de la concepción «weberiana» de la política. Según Weber, el fundamento de la política es el poder; y, «el poder se define  como la capacidad de imponer a un tercero la propia voluntad, bien recurriendo a la fuerza bien a través de otros medios. El poder es, en esencia, dominación». Como señalé en otro artículo periodístico, políticos tradicionales de derecha y de izquierda comparten esta idea; los une el discurso weberiano.
Cuando la política se inserta en  la lógica del poder, en la lucha por el poder, pierde su sentido de quehacer colectivo, pierde su esencia de lazo de conexión social o instrumento de justicia social. Política y  justicia están unidas por el mismo vínculo, por eso no puede haber divorcio entre la ética y la política. La ruptura de este vínculo abre el camino a la corrupción, a la aparición de «buenos políticos», en el sentido de que se hacen del poder fácilmente, pero de conducta inescrupulosa y corrupta. 
El neoliberalismo es contrario al «bien público»
El neoliberalismo hace énfasis en el interés privado individual. Fomenta la minimización del Estado, pero acepta su intervención para socializar las pérdidas de los grupos de poder (recuérdese los rescates bancarios de fines de los noventa), o para reducir sus costos de producción y estimular sus inversiones. En este sentido hay un neoliberalismo de  Estado que le hace perder a la política su carácter de instrumento de justicia social, su orientación hacia la satisfacción del interés público. La experiencia de las últimas décadas nos muestra un espacio público crecientemente copado por el interés privado, entre los que destacan los grupos de poder económico. 
Además, con el neoliberalismo se ha hecho más evidente la sustitución de los ciudadanos por los electores y la conversión de la democracia en solo un procedimiento mediante el cual los electores eligen periódicamente a sus representantes. La concepción atomista del individuo «conduce a una desafección política creciente respecto del interés colectivo». Por eso, al neoliberalismo no le importa la pertenencia de los ciudadanos a una comunidad ni que se posibilite su participación en el control de sus representantes. La discrecionalidad e independencia de estos aumenta con el neoliberalismo.
A modo de Conclusión
Para que su carácter de lazo de conexión social retorne a la política, tenemos que abandonar la idea de que la política es lucha por el  poder y la dominación. Si la política –como sostienen los republicanos-- es  concebida como instrumento de transformación de una realidad construida en la  convivencia colectiva, no puede ser sino instrumento de justicia social, y esta  es la base de su relación con la ética.
 
 
 
Publicado en el Diario UNO, el sábado 26 de julio